DIARIO DE MI PRIMER DIA DE NIEVE

Cuando me vine para Rumania muchísimas cosas se me ocurrieron que iba a vivir y que nunca había hecho: vivir rodeado de montañas; tener que ir todos los días al supermercado y pedir las cosas en un idioma extraño; no preocuparme por gastos como la luz, el agua, alquiler; o tener calefacción en la casa. 
Una de las más excitantes, sin duda, era que en invierno iba a conocer la nieve. En mi vida la había visto (lo más cercano había sido cuando el congelador del refrigerador acumulaba frío y escarcha de varias semanas).

Había llegado en Octubre y desde los primeros días me decían que posiblemente a fin de mes comenzara a nevar. Llegó fin de mes y nada. Entrado noviembre todas las semanas anunciaban: “nieva la próxima semana”. Así, se sucedían los días y ni un copo caía.

Entró diciembre y luego de días anunciándolo llegó la noche en que era inminente. “Ahora sí, ya lo siento en el aire” me decía Sergiu, un amigo rumano. Su premonición cuasi chamanesca y expresada con una seguridad tibetana, no dejó lugar a dudas.
El pronóstico decía que llegaba a las 6.00 de la mañana. Puse el despertador a las 8.00 como para guardar las apariencias y que no se dieran cuenta de lo idiota que parecía.

***Diario de mi primer nevada***

6.02 Me despierto con los ojos abiertos como platos. “Ya que estoy despierto, voy a ver por la ventana”, me digo
Algo me hace recordar a los 6 de enero cuando era niño y me levantaba impaciente para ver los regalos de los Reyes Magos. 
Nada. Cero nieve. 
Me acuesto.

6.45 Me despierto otra vez. Sigue sin caer nieve

7.20 La impaciencia me puede y me levanto. Igual que cuando iba dos o tres veces al árbol de navidad a ver si al lado del zapato estaban los regalos.
Me acerco a la ventana.
Aún nada. No hay nieve.
Me acuesto.

7.57 Abro los ojos resignado. ¡La nieve está cayendo! ¡La nieve está cayendo¡ ¡Al fin! La primer nevada en mi vida. Estoy a punto de ver una cosa totalmente nueva, con mis treinta años. LA NIEVE, como en las películas, como en la Navidad que nos vende Coca Cola, como en el Norte y más allá del Muro (GoT) “
¡La nieve está acá!” me levanto gritando. 
Soy niño. 
Soy Macaulay Culkin en “Mi pobre angelito 2”.  
Soy un esquimal, un Yeti, Arnold Schwarzenegger en la cuarta de Batman.  
Son los regalos de los Reyes Magos un 6 de enero, ahí al lado de los zapatos.
Soy mi yo niño otra vez.  

8.00 Corro al baño. Me lavo la cara. Me visto. Me pongo la campera de plumas. Me calzo las botas de nieve que me compré especialmente para la ocasión. Tengo zanahorias para hacerle la nariz al muñeco.
Salgo 

8.04 No puedo más de la impaciencia. Voy bajando los pisos corriendo. Siento mi sonrisa invadir toda mi cara, mi cuepo, mi espíritu.  

8.07 Abro la puerta del edificio conteniendo la respiración. Es el día. Al fin hoy es.


8.08 Una mierda la nieve. Caen pequeños copos quese convierten en agua al tocar el piso, como si de una simple lluvia se tratase. La calle está mojada. Nada de árboles blancos. Me quedo mirando. Ya no soy un Yeti. 

8.10 Entro en el apartamento. Me saco las botas. Cuelgo la campera de plumas en la percha (no, no me metí las zanahorias en el culo). Vuelvo a la cama.

La sensación fue ver morir a ese niño. La ilusión destruida por unos copos miserables y una expectativas demasiado altas. Al igual que siempre pasa, tarde o temprano, nos damos cuenta de una verdad tan absoluta como cruel: los Reyes son los padres. 

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Ah! Pero no se me ponga triste lector. Porque días más tarde, esos copos de nieve comenzaron a acumularse y pude disfrutar de todas esas fantasías que me había creado. 
Me duró 2 o 3 días la alegría: luego de tener un promedio de 3 caídas diarias, la nieve ya no es muy divertida.
Aquí unas fotos:  

El muñeco que siempre había querido hacer
Se parece mucho a E.T., lo se pero siempre me gusto ese extraterrestre

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