GRIS

Miércoles, Râmnicu Vâlcea, Rumania.

La música de Fernando Cabrera suena de fondo. La olla hierve con el guiso que pronto comeremos.

Está Gris.
Catedral Ortodoxa, la más grande de la ciudad.

Casi las cuatro de la tarde y el ocaso amenaza en convertir el día en noche. Estas pequeñas montañas se esconden tras las nubes inundadas por las nubes y la lluvia. La ventana dibuja un paisaje difuso por el agua que corre por las calles junto con la gente.


Vista desde mi ventana

Vista desde mi ventana

















Las montañas tapadas de gris.
El Gris del Uruguay, oscuro y poderoso, está acompañado siempre por su amigo más fiel: la melancolía. El mate, el cigarro, la discusión, el bar y la filosofía urbana mimetiza a los uruguayos con su ciudad, con su cotidianeidad, con su mundo. El gris del Uruguay se mezcla en la médula de la sociedad uruguaya.  Ese es mi Gris: la llanura del sentir, las energía domesticad y la opacidad de la vida.


Se podría decir que el gris es igual en cualquier parte del mundo. Pero el símbolo (en este caso, el Gris) adquiere contenido porque el contexto lo condiciona y lo transforma según los ojos que lo miren. Porque cada mirada encierra determinada subjetividad y, es sabido, cada subjetividad hace cada mundo. La subjetividad, entonces, diversifica y multiplica los símbolos.

Hoy estoy acá, desanclando mi subjetividad, y puedo ver que este Gris es distinto. Aquí se transforma. Se llena de vida y energía. Convierte la melancolía en optimismo, me invita a salir y mirar hacia adelante. Me dice que queda mucho por descubrir, mucho por ver, por conocer.  

Por más gris que esté…él siempre está.
Predeal, Rumanía


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